Rengetsu, una de las mujeres que llegó al cenit del Zen, iba peregrinando cuando llegó a una aldea al atardecer y comenzó a pedir refugio para pasar la noche. Los aldeanos le cerraron las puertas en la cara. Tomándole por vagabunda, no permitieron que esta mujer Zen estuviera en sus casas: la echaron del pueblo.
Era una noche fría, ella era anciana, no tenía refugio… y tenía hambre. Tuvo que refugiarse bajo un árbol de cerezas. Hacía mucho frío y no pudo dormir bien.
Se despertó a media noche y vio, en el cielo nocturno de primavera, el cerezo en flor, resplandeciente bajo la luna llena. Sobrecogida ante tanta belleza, se incorporó e hizo una reverencia en dirección al pueblo:
«Ahora me doy cuenta que es gracias a que me habéis negado el refugio que pude encontrarme bajo estas flores perfumadas en esta noche de hermosa luna.»


