Un sueño para despertar

Hace muchos, muchos años, en un lugar muy alejado del mundo, había una persona que conocía muy bien el sitio donde vivía. Conocía todas las casas de la aldea, las calles, los edificios más grandes y bonitos y las cabañas en las afueras. Conocía los caminos, con sus piedras y sus árboles, los alrededores del pueblo, los bosques, los caminos dentro de los bosques, los arroyos. También conocía los animales que vivían en el pueblo, los domésticos y los que iban más a la suya, como los gatos, que  rondaban siempre a su aire. Aquella persona conocía de memoria tantos detalles de su pueblo que cuando cerraba los ojos podía ver como si estuviera viendo una película.

Cuando salía a pasear por los caminos y senderos de las afueras, jugaba a adivinar las piedras que iba a encontrarse y siempre acertaba. Al cabo de unos instantes, la piedra aparecía en el camino, tal como se la había imaginado. Le encantaba conocer tan bien ese lugar en el que vivía.

 Con las personas le pasaba lo mismo. Las conocía todas, sabía quién era honesto, quién era tramposo, quien era trabajador y quien era un poco más vago, conocía los más gruñones y los que siempre estaban de buen humor y dispuestos a echar una mano a sus vecinos.

Un día salió temprano a trabajar al campo, y aunque conocía muy bien las señales del tiempo y sabía cuando estaría nublado o si sería un día soleado, ese día se despistó. Cuando se dio cuenta estaba empezando a llover y de repente se encontró bajo un aguacero tan grande que tuvo que buscar cobijo en un granero abandonado. Se colocó bajo un alero, protegiéndola todo lo que pudo de la lluvia. Sentía frío y cansancio. Con la ropa que llevaba se tapó lo mejor que pudo esperando que pasara aquella lluvia torrencial, y finalmente se quedó dormida.

 

Comenzó a soñar y en su sueño entró en la aldea donde vivía, pero en su sueño, aunque los calles eran las mismas de siempre, tenían un aspecto diferente, los colores de las casas, de las puertas eran más vivos y los cristales de las ventanas brillaban más. Su campo de visión era mucho más amplio y su vista llegaba más lejos. Veía con mucha más profundidad. Iba mirando a su alrededor y ahora ya no sabía qué animal iba a encontrar a la vuelta de la esquina. También aparecieron en su sueño los aldeanos que tan bien conocía, pero en su sueño descubría en cada uno de ellos alguna cosa que antes no había percibido nunca. Las personas salvajes parecían sonreír de vez en cuando, los necios contaban anécdotas divertidas, los tramposos
hablaban de manera honesta y así fue descubriendo en su sueño muchos detalles que desconocía.

Cuando la persona despertó, ya había parado de llover y vio a lo lejos un arco iris, que se iba formando a medida que el sol salía detrás de las nubes. Seguía medio dormida, pero recordaba muy bien lo que había soñado. Los colores, los brillos, los detalles que nunca había visto antes y de repente se dio cuenta que, ahora despierta, conservaba la misma capacidad de ver. Era como si hubiera despertado en un mundo nuevo, todo lo que antes conocía tan bien era un universo por explorar.

Confundida y sorprendida, pero muy feliz, volvió a su casa, descubriendo a cada paso miles de nuevos detalles y sus ojos brillaron de emoción.

Eulalia Robert

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Eulalia Robert
Profesor Didacta PNL / Coach Certificada

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